Llueve.

Llueve, llueve en Madrid y en Pekín,
llueve y es como si nos hubiéramos convertido en agua
llueve y es como si no supiéramos alzar la voz
llueves y casi no es cierto que vaya a volver a salir el sol.

Llueve tanto aquí adentro como afuera, sobre la tinta,
sobre estas cartas sobre las que siempre, siempre llueve
llueve y su silencio deja un rastro en la ventana deja horas muertas
de la misma forma que las hubiera dejado tu olor.

Me gusta la manera que tienes de ser, así, a secas,
como si la frase no necesitase un final
como si nosotros no necesitásemos un principio.
Y por definición, que existas significa que todas las ciudades sean París
y todas las noches te extraño, que los mejores sean los que aún no nos hemos inventado,
reúnete conmigo esta noche, en alguna parte entre el norte y la línea divisoria,
no necesitamos el sur, no necesitamos otros brazos.
Voy a atreverme a insinuar que quizás yo sería capaz de hacer magia
no sé qué haríamos si no tuviéramos alas.

Está bien, supongo que se trata de eso, de llamar magia al bosque
donde una vez te vi y tú me viste.
Reunámonos pues en esa ciudad que son todas las ciudades,
esa con veinte soles y una voz que es imposible que pueda caberte en el cuerpo.
Reúnete conmigo y acuérdate del aire, no puedo seguir sin respirar.
Veámonos allí donde se cruzan todas las calles,
donde la noche llega por la espalda y hay un pájaro
que nos recuerda que podemos volar.




© Madison N Cheshire / Horacio Holiveira

La última vez que te robé París
El tarro de mermelada
Música: Nuvole Bianche de Ludovico Einaudi

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